YUKIO
MISHIMA: VIVIR Y MORIR POR UN IDEAL
"La vida ordinaria es incluso mas horrible que la guerra"
- Yukio Mishima
1. El Japon de la posguerra
En el libro "Etica del Samurai en el Japon Moderno", el novelista Yukio Mishima, explica la transformacion de la sociedad japonesa con el final de la segunda guerra mundial, es decir, con la consecuente imposicion de los valores americanos, lease, el liberalismo como unico modelo politico, la economia capitalista y el estilo de vida burgues.
Es
un tiempo en el que los samuráis ya no existen, no hay iniciativas militares,
la economía prospera, hay un ambiente de paz y la juventud bosteza. Mishima,
como hombre joven de este tiempo, nos comenta que, los valores y los temas
tratados en las reuniones sociales han sufrido un cambio importante.
“Los temas que comentan los jóvenes son el dinero, lo que uno gana o deja de ganar, el presupuesto familiar, las prendas de vestir y el sexo. Si no se trata uno de esos temas, parece que se echa un jarro de agua fría en cualquier conversación. Da pena”
De
igual forma, la chispa de idealismo, característica intrínseca de la juventud
parece corrompida por la búsqueda insaciable del beneficio propio en el ámbito
laboral. Y de esto tampoco se libran los de mirada tranquila que tan solo saben
cuidar las apariencias.
Estos
nuevos valores han llegado de la mano con un nuevo modelo de “héroe” que ha
reemplazado la figura del samurái. No es coincidencia que los jóvenes japoneses
idolatren al futbolista o estrellas de televisión justo ahora que forman parte
de una sociedad de mercado que valora la especialización y obsesión con la
técnica.
Estos
nuevos héroes o ídolos de las masas se caracterizan por ser personas que están
especializadas y porque tiene una habilidad por encima del promedio en algo
particular. En ese sentido, no hay diferencia entre técnicos y gente famosa.
“Vivimos
en una época de tecnócratas y al mismo tiempo en la época de gente con algún
talento. La persona con una habilidad extraordinaria enseguida cosecha aplausos
entusiastas de la sociedad. A la vez, la gente está bajando el listo de los
objetivos de la vida: se trata solo de llamar la atención al máximo o de
parecer muy importante”
Por el contrario, los Samurái repudiaban esta obsesión por la técnica y los conocimientos especializados. Ellos buscaban convertirse en hombres integrales, porque sabían que la entrega exclusiva a un arte en particular era reducir al hombre a una mera función, vale decir, a un títere de la técnica o un simple engranaje de una maquinaria.
2. Hagakure
Siendo
Mishima un idealista atrapado en ese tiempo, no demoro en buscar y encontrar un
remedio eficaz contra este proceso de americanización. El remedio que encontró fue
el libro Hagakure (“Oculto por las hojas”), el cual se convirtió en su libro de
cabecera y la base de sus principios éticos como Samurái en el Japón moderno.
Hagakure
es una obra clásica de la literatura ensayística sobre los samuráis. Fue
compuesta por Yamamoto Tsunetomo (1659-1719) quien fue un Samurái del clan Nabeshima,
que quiso acompañar en la muerte a su señor, pero al ser declarado el “seppuku”
(suicidio ritual) como ilegal se retiró del mundo y lego a la posterioridad su
concepción del samurái ideal en ese libro.
Este
ideario o código masculino fue ensalzado por el Japón militarista de los años
de la Segunda Guerra Mundial como la fiel encarnación de las virtudes del
guerrero y del espíritu indomable japones. Sin embargo, una vez acabada la
guerra, fue abandonado y catalogado como peligroso y subversivo por las tropas
de ocupación estadounidense.
Fue
en este libro en el que Mishima encontró un ideario contrapuesto al
afeminamiento de la sociedad japonesa moderna. En otras palabras, encontró una
especie de compuesto farmacológico, una medicina para contrarrestar la
naturaleza pacifica y americanizada de los nuevos japones y esa medicina la
encontró en la fórmula de la “locura por la muerte”.
Para
poder comprender correctamente esta “locura” que tenía el Samurái vamos a
confrontar su ideario con los nuevos males o mascaras que utilizan los jóvenes
modernos para ignorar esta antigua enseñanza que se utilizo tanto en tiempo de
guerra para forjar héroes de verdad.
3. Contra el humanismo y el racionalismo
Anteriormente
en otra entrada[1]
de este blog ya comenté el engaño de creer en la reproducción como el fin
último de la vida. Este falso pensar va de la mano, y probablemente también sea
la motivación de sus defensores, con la obsesión de que lo importante es vivir
mucho tiempo en este mundo. Mishima nos dice que este es un valor ajeno a la
sociedad japonesa (y en realidad a muchas sociedades tradicionales).
Resulta
cuanto menos curioso que nunca hasta ahora el ser humano había tenido una
esperanza de vida tan larga y sin embargo tampoco una existencia tan monótona y
sin propósito. Es cierto que los jóvenes tienen metas de poder mejorar su
futuro laboral, tener su propio hogar y formar sus familias; no obstante,
después de esto el futuro se les queda vacío.
Mishima
nos dice que ese vacío es únicamente llenado por el “calculo”, que se refiere a
saber cuanto van a cobrar cuando se jubilen, algún que otro viaje, el plan de
reposadas y las aburridas actividades con que entretendrán su tiempo una vez
dejen de trabajar.
En
los países más prósperos, como los nórdicos, a pesar de ser modelos de Estados
de bienestar, las tasas de suicidio son anormalmente elevadas, sobre todo en
las personas mayores. En estos países ya no hay necesidad de trabajar ni
preocupaciones por el salario después de la jubilación. El problema es que a
las personas se les ordena descansar y esto causa una molestia profunda y
existencial.
Esto
parece contradictorio si únicamente consideramos los ideales de justicia social
que tienen los seres humanos. Mishima resuelve este problema comentando que
dentro de los hombres se encuentran tanto el impulso subconsciente de libertad
como el anhelo de la muerte. Estos impulsos se manifiestan muchas veces con
mascaras en los debates políticos.
Por
ejemplo, cuando los socialistas y los liberales debaten sobre el rumbo que debe
seguir la sociedad están antagonizando ambos impulsos. Del lado del socialismo
tenemos la absoluta represión de la libertad, mientras que en el otro extremo
tenemos el Estado del bienestar que garantiza la libertad, pero de la mano del
aburrimiento.
En
otras palabras, a pesar de que los seres humanos nos esforzamos por conseguir
mayores conquistas sociales, llegados a cierto punto somos invadidos por una
molestia existencial. En esto consiste el descubrimiento de Yamamoto, el autor
de Hagakure, pues sabia que el hombre no vive solamente por su vida y en ello
radica la paradoja de la libertad del hombre.
Yamamoto
sabía que el hombre una vez consigue la libertad se aburre con ella y que tan
pronto se hace con la vida es incapaz de soportarla. Por esa razón la profesión
del Samurái era la muerte, por muy pacíficos que fueran los tiempos en lo que
le tocara vivir, la muerte siempre era el principio rector de sus actos.
Tanto
es así que, en el momento en que el samurái sentía temor a la muerte y tratara
de evitarla, dejaba de ser samurái.
“La vida de los seres humanos es misteriosa, en el sentido de que no son lo suficientemente fuertes para vivir y morir solo por si mismos. Necesitan algún tipo de ideal por el cual vivir, de lo contrario se aburren de la vida. Por esta razón es que la necesidad de morir por algo se manifiesta. Esa necesidad es la “gran causa” a la que la gente del pasado se refería. Morir por una “gran causa” era considerada la forma mas gloriosa, heroica o brillante de morir. Sin embargo, hoy no hay causas nobles para morir, y esto es natural, puesto que el sistema político democrático no necesita de una gran causa”
En
la época moderna, sin embargo, los japoneses están sometidos a una Constitución
pacifista, nadie tiene como objetivo la muerte, ni siquiera las Fuerzas Armadas
y ello es debido a que, en democracia, la consigna es vivir el máximo tiempo
posible.
En
democracia la muerte del hombre se vuelve pequeña, termina sus días en la cama
dura de un hospital, un hecho tan trivial e insignificante que resulta curioso
como en tiempos donde se defiende tanto la “dignidad” no nos preocupemos por
tener una muerte digna.
“En
los años de la guerra, el impulso hacia la muerte salía a una descarga del cien
por cien (…) Después de la guerra ocurrió justamente lo contrario. Fueron
satisfechos al cien por cien los impulsos de rebeldía, libertad y vida; y
anulados los de sumisión y muerte. Los acuerdos políticos resultantes le
confirmaron a la juventud la sensación de frustración y de inutilidad de sus
esfuerzos. Una vez más, la juventud recibió esta demoledora sentencia: “No hay
causa por la que valga la pena morir”.
Este
sistema democrático busca ignorar completamente el hecho de que sacar la muerte
al nivel de la consciencia es un elemento importante para tener salud mental.
Por esa razón sus discursos siempre se tiñen de colores arcoíris, poniendo
objetivos alegres, positivos o vitales, encerrando la muerte en lo mas profundo
del subconsciente.
Este
comportamiento represivo convierte el impulso natural hacia la muerte en un
impulso peligroso y nocivo. Esta represión es sustentada de forma intelectual,
por medio de la ideología humanista y racional, que centra el foco de atención
de la vida en un tipo de libertad alegre y en el progreso tecnológico y social.
Sin
embargo, esa ideología es solo una máscara que se usa para encubrir la cobardía
y codicia bajo artilugios intelectuales y elocuencia. Lo cierto es que los
gobiernos democráticos producen “personas calculadoras”, vale decir, hombres
que siempre tienen en mente las ganancias y las perdidas. Morir es perder y
vivir es ganar; por eso, tales personas eligen no morir. Son cobardes.
Por
supuesto, quien se guía únicamente por la razón concluirá que la muerte
efectivamente es una perdida y la vida una ganancia. Nadie en su sano juicio
elegiría la muerte, pero aquí es donde radica la falla de esta armadura
racionalista. El error esta en creer (porque se trata de un tema de fe) en la
facultad racional como algo universal, como algo superior a los instintos de
nuestro subconsciente.
Prueba de ello es que si por medio de la razón, si por medio del cálculo, si por medio de la inteligencia y la retórica, negamos la necesidad intrínseca de todo ser humano por vivir y morir por un ideal, entonces nos estamos engañando con nuestras propias ideas y nos convertimos en un ser humano que ha aceptado embaucarse a sí mismo.
4. Contra el afeminamiento
Otro
de los males que señala Hagakure es el afeminamiento de los varones japoneses.
Este fenómeno no es exclusivo de la sociedad japonesa, sino un tema global y
que ya he tratado en otra entrada de este blog[1], el cual tiene que ver con
el retorno a los modos de vida que fomentaban los antiguos matriarcados
europeos anteriores a la llegada los guerreros indoeuropeos y su religión solar
y viril.
No
obstante, resulta cuanto menos curioso que tanto Mishima como Yamamoto, a pesar
de que ninguno era europeo, resalten este fenómeno también en su sociedad mucho
antes incluso de la derrota en la Segunda Guerra mundial. Veamos que nos dice
Mishima sobre los jóvenes varones de su sociedad:
“Estamos
en unos tiempos en los cuales los hombres tienen encanto y las mujeres agallas.
¿No debería ser al revés? Hoy, en cualquier lugar que se mire, no se ve mas que
hombres encantadores. Esta época nuestra produce estereotipos de hombres
amables y simpáticos, personas que caen bien a todo el mundo, de mente
acomodaticia y conciliadora, pero con un corazón lleno de frio egoísmo”
Sumado
a ello, Yamamoto señala que los varones son más propicios al afeminamiento
debido a que han tomado como suyo el concepto de belleza femenina. La belleza
masculina, según Hagakure, esta representada por la belleza de la fortaleza, de
la forma y del orgullo indómito; por el contrario, la belleza femenina es
aquella que busca ser amada por los demás, vale decir, es cosmética del alma.
En
la época moderna los hombres buscan constantemente convertir cualquier mensaje
duro o hiriente en dulces para hacerlo digerible y agradable a las personas. Ya
no les interesa parecer ni mucho menos ser contracorriente. En cambio, un libro
como Hagakure, no contiene el tipo de belleza para atraer la admiración de todo
el mundo, por el contrario, esta lleno de un odio visceral por cualquier tipo
de cosmética espiritual.
Este
afeminamiento también esta manifestado en la nueva aversión que tienen los
varones a la idea del riesgo, la cual constituye una característica
fundamentalmente de la mentalidad femenina. El deseo de vivir en paz es una
necesidad primaria en las mujeres y ellas están dispuestas a realizar cualquier
sacrifico con tal de conseguirlo.
Esto
no debería sorprendernos porque después de todo un pilar fundamental en sus
vidas es el poder amar, casarse, tener hijos y poder criarlos. Sin embargo,
Mishima nos dice que este estilo de vida no es el apropiado para los varones.
Un hombre siempre debe estar preparado para la eventualidad del peligro, dado
que será su fuerza la que garantizará la protección necesaria a la mujer.
Esta
aversión al peligro se ve manifestada a su vez en la constante obsesión por no
salir de los criterios de la mayoría. A los varones japoneses les encanta
simplificar la vida, ahora se trata únicamente de sobrevivir, cimentar una casa
y proveer para la familia ¿Y qué paso con la rehabilitación espiritual y
militar de Japón? ¿Y qué hay de los jóvenes que cayeron en batalla? ¿Su
sacrificio debe ser olvidado?
Esta
atomización de la vida varonil a las paredes de la monotonía domestica es otro
tema ya tratado en el blog[3]; no obstante, resulta
importante añadir las reflexiones de Mishima, que, habiendo vivido la guerra y siendo
un padre de familia con tres hijos, en una de sus entrevistas antes de morir,
señala que la felicidad que buscaba en sus años de juventud era muy distinta a la
del japones moderno promedio.
“Cuando
un hombre no puede encontrar un valor que lo transcienda, la vida en si misma,
en un sentido espiritual, se vuelve insignificante. Cuando analizo mi propia
vida y reflexiono en los días que era joven y esperaba la muerte, era mucho más
feliz que ahora. En cambio, la felicidad que perseguimos hoy es la de la vida
familiar y el goce del tiempo libre”
Esta
mentalidad es consecuencia del dilatado periodo de paz o mejor dicho de derrota
en los que vive el Japón moderno. Cuando la paz dura demasiado tiempo se
olvidan los sacrificios de la guerra y como debe comportarse un hombre en
situaciones de peligro.
En
el Japón moderno no hay posibilidad alguna para que un hombre pueda demostrar
su coraje, como tampoco hay razones para que el cobrade tema que se descubra su
condición.
Ello
constituye un grave problema puesto que a fin de cuentas el valor de un hombre
solo se nos revela en el momento en que su vida se ve confrontada con la
muerte, pero el modo de vida actual es demasiado pacífico para esto.
“Cuando
la razón de vida de un hombre es la paz, entonces no le queda otra salida que
someterse a la mujer y adoptar una posición subalterna respecto a ella. Pero si
su meta ideal es el peligro, el hombre experimenta la necesidad de tensar
denodada e incesantemente su propio cuerpo y su propia vida como un arco”
Para
Mishima esta condición de los varones constituía un grave problema y una
cuestión a resolver. Es necesario recuperar esa fuerza espiritual que debe
estar presente en todos los actos cotidianos y que debe servir de animo
vigilante ante las maldades de este mundo.
5. El ultimo Samurai
En
la mañana del 25 de noviembre de 1970 apareció en el centro de todos los
telediarios el escritor Yukio Mishima. La noticia no era sobre su literatura,
sino un gesto protagonizado por él que conmocionaría al mundo. Llevaba puesto
un uniforme con doble botonadura y la banda blanca con leyenda que se colocaban
los guerreros japoneses antes de entrar en combate o los pilotos kamikazes
antes de volar hacia la muerte.
Mishima
y cuatro miembros de la “Sociedad
de los Escudos” (una grupo de jovenes disidentes dirigido por Mishima) habían tomado a un rehén en el cuartel general militar
de Japón para llamar la atención de la milicia y pronunciar su mensaje. Mishima
pronunció un discurso de pie en una terraza alta, casi como una arenga.
Su
mensaje era simple. Recordarle al Ejército japones que su principio fundamental
era proteger la historia, cultura y las tradiciones edificadas por el
emperador. Que el Ejército militar se había vuelto un grupo de mercenarios a
sueldo de los Estados Unidos y de Inglaterra y que protegían una Constitución
que negaba el ser de Japón.
Mishima les recordó que la obsesión por la prosperidad económica y la hipocresía utilitarista les había hecho perder el espíritu nacional. Que había que recuperar al verdadero Japón y que él y sus soldados estaban dispuestos a sacrificar sus vidas con el fin de que el Ejercito de Defensa despierte y se transforme en un glorioso Ejercito nacional que reforme la Constitución.
“¿Queréis
tanto la vida para sacrificar la existencia del espíritu? ¿Qué clase de
ejercito es este que no concibe valor mas noble que la vida? Ahora nosotros
testimoniaremos ante todos vosotros la existencia de un valor mas elevado que
el respeto por la vida. Este valor no es la libertad, no es la democracia. Es
Japón”
Estas
fueron las ultimas palabras de Mishima previo a su suicidio ritual o “seppuku”.
En ese momento no importaba el centenar de libros había escrito, el hecho había
sido poeta, autor teatral, director de escena y actor ni tampoco que el propio
nobel de literatura japonesa lo considerara un genio que solo produce la
humanidad cada doscientos o trescientos años.
En
ese momento Mishima logro su mayor propósito, porque sin haber dejado nunca las
letras y el arte, ante todo había querido ser un hombre acción, es decir, vivir
y morir por su ideal, Japón. Toda su vida sintió una constante lucha entre lo
que sentía que era, un hombre conquistado por el mundo occidental, y lo que
realmente deseaba ser: un Samurái o guerrero del emperador. Es evidente cual de
los dos se impuso al final.
“Yo
creo que el camino de la espada y de la pluma, en definitiva, no se deben
bifurcar. Se trata de un dualismo sumamente difícil de llevar a la práctica.
Las armas y las letras pueden recorrer caminos aislados temporalmente, pero al
final tienen que converger en una misma vía. Mi proyecto era conceder el mismo
valor a mi cuerpo y a mi espíritu y ofrecer una demostración práctica de ello”
La
decisión que tomo Mishima es probablemente comprendida por la mayoría de
occidentales como algo radical, sin embargo, hay que tener en cuenta que para
los Samurái este tipo de muerte era un privilegio. Al contrario de la
compresión occidental, este suicidio no fue ningún tipo de rendición ante la
vida, sino el acto supremo de la libertad humana.
“El
suicidio ritual o harakiri no es una claudicación ni la aceptación de una
derrota moral, como se considera en Occidente, sino la expresión suprema del
libre albedrío de la persona para salvaguardar el honor”
Cuando vemos el mundo y analizamos la naturaleza podemos darnos cuenta que morir por enfermedad constituye un desenlace natural al cual están forzosamente ligados todos los seres vivos de este planeta, pero en el caso de los seres humanos ocurre algo extraordinario. Somos el único ser que puede elegir, si lo deseamos, la muerte y sobre todo la razón por la que vamos a morir.
6. Locura por la muerte
Es
normal que los occidentales, partiendo desde las coordenadas de la dignidad
moderna, no puedan comprender la trascendencia de este acto heroico. A ello se
le suma, como hemos explicado, que ellos conciben la vida de forma calculadora,
pero también hay que decir que incluso para las personas no calculadoras es difícil
no inclinarse por la vida cuando se está ante una situación de vida o muerte.
Esta
es justamente la lección que nos legó Yamamoto: “Descubri que el camino del
Samurái es la muerte”. De igual forma añade: “En un asunto de vida o muerte,
decídete de inmediato por la muerte. No debe darte pereza. Simplemente, toma la
decisión, no pienses nada y lánzate”.
Lo
que está tratando de proponernos Yamamoto es seguir el camino más sentado, es decir,
el abandono de uno mismo por un ideal como medio para conseguir la virtud. Sin
embargo, cuando nos enfrentamos a la realidad nos damos cuenta que esta situación
de “vida o muerte” raramente se nos presenta en la vida.
Ahora
bien, este no es un escrito que quiera fomentar el suicidio, menos aún para quien
no tenga la estatura intelectual ni la relevancia literaria o artística que tenía
Mishima en su tiempo. Pero si hay que saber leer su vida e interiorizar el arquetipo
de héroe de la Tradición que encarno en los tiempos modernos y comprender como
podemos emularle dentro de nuestra propia tradición.
Lo
cierto es que Mishima fue un hombre que decidió vivir y morir por la tradición de
su pueblo, eligió como su ideal el Japón imperial y planeo el momento de su
muerte al detalle para lanzar un mensaje a Japon así como a cualquiera que
quisiera convertirse en un héroe en estos tiempos.
De
aquí podemos extraer que el juicio que causa la decisión de morir implica una
larga cadena de juicios previos y razones para vivir, lo cual a su vez supone
que quien quiera ser un hombre de acción tendrá que pasar por un prolongado
estado de tensión y concentración que le permita encontrar ese ideal supremo.
Con esto nos referimos a que quien quiera hacer uso de este fármaco antimoderno no tiene más opción que distanciarse de las mentiras del mundo moderno, reflexionar sobre su propia vida y analizar los distintos ideales que han tenido los seres humanos a lo largo del tiempo para finalmente tomar una decision radical.
De
esta forma, después de varios juicios tendrá que elegir cual es el ideal por el
cual va a vivir y posiblemente morir también. Esta es pues la filosofía que nos
revela Hagakure: la libertad radica en la decisión a todas horas de
morir por ese ideal. Para ser un verdadero samurái es necesario tomar la
decisión de morir por la mañana y por la tarde, un día tras otro.
Este juicio constante sobre la vida y la muerte le permite a uno contrarrestar los efectos que tiene el tiempo sobre el hombre y sus ideales. Yamamoto decía que el tiempo cambia al hombre. El tiempo lo corrompe o lo mejora, lo puede hacer mas oportunista y voluble.
Pero para aquel que siempre tiene presente la muerte y existe en cada momento de la vida le es imposible ser corrompido, porque en cierta forma ya ha muerto, porque ya se ha entregado a un ideal, y aunque tal vez no todavía en carne y hueso, su corazón y alma ya están comprometidos con alcanzarlo.
¡FUERZA,
SABIDURIA Y ACCION!
[1] Leer subtitulo primero de la entrada “Mentalidad de la era de bronce”: https://andresrodriguezfernandez07.blogspot.com/2023/09/mentalidad-de-la-era-de-bronce.html
[2] Leer subtitulo cuarto y quinto de la entrada “Mentalidad de la era de bronce”: https://andresrodriguezfernandez07.blogspot.com/2023/09/mentalidad-de-la-era-de-bronce.html
[3] Leer subtitulo decimo de la entrada “Mentalidad de la era de bronce”: https://andresrodriguezfernandez07.blogspot.com/2023/09/mentalidad-de-la-era-de-bronce.html
Todas las citas contenidas en este escrito pertenecen a Yukio Mishima.

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